Category: Cuento


USURPADOR DE TAL*

Con tu sombra, sombra viva, con tu sombra se construyen los soles de luto. Que te hieren. Que te ciegan. Que te roban el cielo.
El niño se des-sudó la espalda de la mano con la frente.
¿Por qué estás tan fatigado?
¿Y me preguntas? Tú sabes que vengo del otro lado de la vida. Del sueño, de la noche despierta, de la vigilia de los años.
La madrastra cerró la luz del pensamiento. Brotaron gotas de pasado. Lluvia sobre POBrico. Yo te quería para mí, para ti, para nosotros. No sabes cómo se me alargaron los ojos, cómo se me perdieron los brazos, cómo se derritió nuestro destino. Ya no estabas en la hamaca. Creí que lo pensaba, que lo decía. Pero, simplemente lo ahogaba, lo resucitaba en su espíritu mudo.

El niño… ahora duerme solo. Su hermano había logrado escapar de la g r a n j a de acero; hecha con los dientes de la tristeza, con los dedos derretidos de la tierra, con los ríos salados en los ojos de POBrico, de CUBito, con el betún doliente, que dió vida a los blancos arados.
El niño no sólo sueña. Trabaja. Trabasueña su rostro en la g r a n j a de piedra. Va perdiendo la sombra. Le duele la sonrisa.
Desde la casona se oye una voz turbia de limones:
–¡Mocooosooo!
El joven, muy ágil, obediente a sus oídos, no espera el eco.
–¿Qué quiere ahora? Ya termino la zanja…
–Pues llénela de piedras. Ya no la necesito. Busque los desperdicios y el excremento de los animales. YO QUIERO que, de hoy en adelante, los tires al río.
— Perooo…
— ¡Cállate! ¿Qué se han creído ustedes, que me van a confundir con sus palabras?

Doña CRUCita citaba los recuerdos todos los mediodías. Veía a POBrico con su suerte de Atlante. El no conocía su verdadera historia, sino la que le habían construido con su sombra en la g r a n j a. De haberla encontrado no sentiría aquella pasión confusa hacia la anciana. ¿Odio? ¿Rencor? ¿Compasión?

Ella lo comprendía, pero ya no podía remediar nada. Aquí aprendiste a caminar — se decía — Querías ser como los pájaros, como el agua del río, como la crin del viento y yo no te dejaba. Hasta el día que llovió sangre del otro lado del río. Perdí un hombre en el Tiempo, dos hijos en el agua. Desde entonces el sol se va cayendo tras la niebla, se va comiendo otros soles de luto.

Entraron a la casita.
— ¿Por qué, a veces, quisiera matarla? — se preguntaba el H o m b r e — Es la única que me conoce un poco. No puedo hacerlo.

— Siéntate — le dijo doña CRUZ, ofreciéndole algo caliente.
POBrico contemplaba la soga de la hamaca, que descansaba seria sobre la silla. Pero… ¿Qué hago después con ella? ¡Ya sé! La echaré al río, junto con los desperdicios y el excremento de los animales.

La barranca estaba ahí. Como el eco de una pesadilla

El H o m b r e salió corriendo, desesperado, confundido. Tengo que llegar pronto a la
g r a n j a.
Tomaré la pala. Iré a su cuarto. Mientras lee el periódico o duerme la siesta…
El golpe dio una nota muy alta. El guardia había roto su macana de odio y desprecio sobre aquella piedra de sol, desde donde dirigía los peones. ¡Estos malditos hombres! Sólo saben trabajar como bueyes, no dicen una sola palabra. El silencio era un cuchillo en su garganta pálida. Echó de menos a un peón. Como un trueno furioso vomitó su coraje:
— ¡pobriiico! ¡pobriiico!
PobRico no aparecía… Su sombra era una pared de fuego detrás del guardia.
— ¡POBriiico! Voy a matarte si no llegas.
Todo pareció detenerse por unos instantes.

El guardia ya no respiraba. Se puso azul, de su boca le naciá una cinta roja, que le devolvía la respiración a los peones. Todos salieron de la G r a n j a menos uno.

La sombra de PobRico se dirigió, arrastrada por el sueño, hacia el barranco. Miró a lo lejos. El cielo se le perdía por los ojos. Los cerró con amargura y regocijo.

¡pobrico!, ¡POBRICO!

Escucho dos ecos cogidos de la mano. CUBito y doña CruCita, hoy le siguen llamando.

El, duerme sobre el filo de su sombra.

*Este cuento obtuvo el primer premio en los juegos florales celebrados en CUNY y en el Certamen Literario auspiciado por el Ateneo Puertorriqueño (1975), donde participaron como jurado los renombrados poetas Clemente Soto Vélez y la Dra. Diana Ramírez de Arellano. El autor recibió allí la medalla ATSPA (CUNY)

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Promesa a un gato muerto

No es cosa rara encontrar un animal con la boca abierta y la vida cerrada, en los brazos de una calle solitaria.
Yo encontré el mío, como un ángel contemplando la soledad del mundo, mi soledad, con deseos de poblarla, no con los hombres de papel y de acero que lo atropellaron, sino con aquellos que escondía en sus ojos profundos, serenos y huérfanos de lágrimas.
Sublime animal:  Ya tú no perteneces a este mundo, pero déjame hablarte con los labios de mi espíritu, que como los tuyos también quieren tomar de la copa de vino que derrama la muerte (aunque la muerte mía sea distinta).
Me has detenido cuando el reloj de arena marcaba el mediodía de mi lucha de hombre enjaulado, no lucha de Jacob con el Ángel en Peniel, sino lucha de hombre contra el animal de acero que no ha de bendecirme nunca.  Yo, como un Prometeo del siglo XX, quisiera poder darte la llama dela vida, pero ambos estamos presos.
Tú, gato-animal, no pudiste defenderte del animal-humano que te ha dibujado la muerte inesperada.  Llegará el día en que tu capa de oro se convierta en cenizas, pero tu mirada quedará en el espacio buscando lo infinito.   Allí tú encontrarás la mirada de AQUEL que  silenció la tuya, buscando inúltimente otra que lo redima.  Entonces morarás como gato-ángel, entre una sociedad de hombres-felinos, que preguntarán  cómo es posible tu presencia en el cielo.
Moriste, pero majestuosa y victoriosamente, con tu rostro hacia el frente y tu cola en alto, con tus cuatro patas de quietud queriéndome decir que nos veremos pronto.  Tu frío de ámbar pasará como un sueño.    Despertarás con tus ojos de fuego dirigidos al mundo, mi mundo.   Impartirás la llama de la inmortalidad a nuestra libertad soñada desde que descendieron, a nuestro balcón, águilas.

publicado en periódico EL MUNDO, 1972