Porque a la hora de abrazar los relojes
resucitaron cartas y poemas, trenes y bancos,
canciones y promesas, cristales empañados
soñando primaveras…
en nuestro pecho un campanario

los pájaros aprendieron rimas nuevas
los libros convocaron otras lenguas
los niños se burlaban los espejos
detrás de la razón anidó un águila
pernoctando callada como un sueño

pero el río se negaba a las rocas y fue océano…
resignándose al fin a las profundidades…
otra dimensión, otra rutina,
para quedar en la montaña
protegida…

New York 1974

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