No es cosa rara encontrar un animal con la boca abierta y la vida cerrada, en los brazos de una calle solitaria.
Yo encontré el mío, como un ángel contemplando la soledad del mundo, mi soledad, con deseos de poblarla, no con los hombres de papel y de acero que lo atropellaron, sino con aquellos que escondía en sus ojos profundos, serenos y huérfanos de lágrimas.
Sublime animal:  Ya tú no perteneces a este mundo, pero déjame hablarte con los labios de mi espíritu, que como los tuyos también quieren tomar de la copa de vino que derrama la muerte (aunque la muerte mía sea distinta).
Me has detenido cuando el reloj de arena marcaba el mediodía de mi lucha de hombre enjaulado, no lucha de Jacob con el Ángel en Peniel, sino lucha de hombre contra el animal de acero que no ha de bendecirme nunca.  Yo, como un Prometeo del siglo XX, quisiera poder darte la llama dela vida, pero ambos estamos presos.
Tú, gato-animal, no pudiste defenderte del animal-humano que te ha dibujado la muerte inesperada.  Llegará el día en que tu capa de oro se convierta en cenizas, pero tu mirada quedará en el espacio buscando lo infinito.   Allí tú encontrarás la mirada de AQUEL que  silenció la tuya, buscando inúltimente otra que lo redima.  Entonces morarás como gato-ángel, entre una sociedad de hombres-felinos, que preguntarán  cómo es posible tu presencia en el cielo.
Moriste, pero majestuosa y victoriosamente, con tu rostro hacia el frente y tu cola en alto, con tus cuatro patas de quietud queriéndome decir que nos veremos pronto.  Tu frío de ámbar pasará como un sueño.    Despertarás con tus ojos de fuego dirigidos al mundo, mi mundo.   Impartirás la llama de la inmortalidad a nuestra libertad soñada desde que descendieron, a nuestro balcón, águilas.

publicado en periódico EL MUNDO, 1972

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